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España como solución

  • Elorriaga, Gabriel, (aut.)
  • Rodríguez Cañada, Basilio, (ed. lit.)
  • Jáuregui, Fernando, (com.)
  • Grupo Editorial Sial Pigmalión, S.L.
  • 1ª ed., 1ª imp.(11/02/2014)
  • 140 seiten; 21x15 cm
  • Sprache: EspaƱol
  • ISBN: 8415244657 ISBN-13: 9788415244653
  • Bindung: Rústica con solapas
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  • 19,78€ 18,79€ 
 
 

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No hace mucho tiempo ?el tiempo en política es un factor muy elástico y en periodismo es un flas? se recopilaron en libro bajo el título «La maldita oposición» los artículos publicados en el periódico «Diariocritico» durante una etapa que, hoy, aún es un peso negativo en el forcejeo de España por salir de una crisis socioeconómica que le afecta gravemente como nación y como miembro de la Unión Europea. El título era el de uno de aquellos artículos y fue elegido como título general por la peculiaridad de la legislatura parlamentaria en que fueron escritos, durante la cual el gobierno socialista parecía más preocupado en atacar a la oposición que en hacer frente a los problemas reales de España. Fue el intento agónico de un poder declinante de descalificar a su alternativa como táctica de supervivencia. Los acontecimientos posteriores y el triunfo electoral por mayoría absoluta del Partido Popular demostraron la inutilidad de aquella táctica. Pero la nueva situación es difícil de entender sin tener en cuenta la «crisis de confianza» ?como la calificó el expresidente francés Sarkozy en vísperas de sus propias elecciones? provocada por la gestión de los últimos gobiernos de Rodríguez Zapatero. La aceptación que tuvieron aquellos artículos, más allá de su condición de flases periodísticos, llevaron a la editorial «PIGMALION» a darles ese tratamiento intemporal de libro que sorprendió al propio autor. Mas me sorprende que, continuando mi colaboración en «Diariocritico» vuelva la tentación editorial a publicar los escritos de una nueva etapa culminada con el pase de la maldita oposición a Gobierno de España, tras unas elecciones de resultado contundente. Pero comprendo que, efectivamente constituyen un testimonio de un trance político crítico cuyas consecuencias finales aún están por medir y que, en cierta medida, retratan un tiempo de cambio que no es fácil analizar sin pulsar el ambiente informativo que las ha rodeado y, en algún grado, condicionado. Hubo otros momentos de cambio ?el principal, sin duda, el que llamamos Transición? que fueron mediáticamente influidos por el periodismo de papel, entonces reinante, cuando ni se soñaba en el periodismo digital. En aquellos tiempos de acierto histórico el periodismo sobre papel reinaba en todo su esplendor solo acompañado por una televisión oficializada y algunos brillantes comunicadores radiofónicos. Yo estaba inmerso en aquel mundo, con colaboraciones en la prensa ?recuerdo especialmente ABC, YA, Hoja del lunes? tras haber dirigido tres revistas y hasta publicado una especie de antología sobre periodismo político. Luego fui elegido diputado y me ausenté de estas tareas, excepto algún libro al margen de la actualidad, porque consideré y sigo considerando que un parlamentario donde tiene que hacer valer sus ideas y opiniones es en el Parlamento, salvo que divulgue sus actividades propias como miembro de un grupo parlamentario teniendo en cuenta compromisos colectivos, o buscando intensificar la comunicación con sus electores. En consecuencia, me pasé 25 años ?siete legislaturas? entre Congreso y Senado, distante profesionalmente de los medios. Al finalizar esta larga etapa de un cuarto de siglo me encontré, ?entre otras novedades? con el llamado periodismo digital, algo que no existía ni imaginativamente en los años 70 del siglo pasado. Fernando Jáuregui, a quien conocía desde antaño como periodista parlamentario, me invitó a participar en su «Diariocritico» como colaborador y miembro de su consejo editorial. Fue la primera propuesta que recibí y la acepté encantado, no solo por mantener una actividad relacionada con la política, sino por tratarse de algo nuevo que me ayudaba a ponerme al día y adaptarme a las exigencias de la edición electrónica en la que Jáuregui tiene puesta tanta fe y tanta ilusión. Había que pensar en unos ciudadanos que leían en unas pantallas en vez de unas hojas de papel manchadas de tinta. El milagro del periodismo digital La importancia del medio digital no está tanto en su soporte como la incomparable rapidez con que llega al usuario. En otros tiempos, en que di clases en la Escuela Oficial de Radio y Televisión, recuerdo que explicaba a los alumnos que había unos medios muy veloces, la radio, aunque con poca capacidad de reflexión y constatación de las informaciones de alcance; que había otros menos ágiles, como la televisión, porque había que esperar a la hora de los telediarios y al montaje del acompañamiento visual de los eventos, y, al final, que había unos medios lentos, que eran los impresos, que había que ir a buscar a los quioscos a la mañana siguiente, pero que eran los que nos daban las informaciones reflexionadas, contrastadas y acompañadas de opinión. El milagro del periodismo digital es el que ha trastocado este esquema. Los eventos están en pantalla desde que se producen, sin procesos intermedios ni elaboraciones complicadas. Pero al disponer el usuario de una capacidad ilimitada y gratuita de consultar todas las cabeceras posibles, puede contrastar por si mismo las informaciones sin necesidad de acudir a una hemeroteca. Además, el periodismo digital no renuncia a complementarse con opiniones y mantiene los matices propios de cada medio como el tradicional periodismo impreso. Inicialmente existía una frontera de edad entre el periodismo digital y el periodismo impreso. Un público más juvenil frente a un público más veterano, apegado al papel. Pero el tiempo pasa y el crecimiento de los lectores digitales es vegetativo. Según van madurando generaciones que ya nacieron habituadas al manejo de la electrónica, la masa de visitantes de la prensa digital va creciendo y los lectores metódicos de la tradicional prensa escrita ?entre lo que por supuesto me encuentro? son menos. Esta es una realidad tan evidente que no merece más comentarios. Por ello, quienes nacimos en el monopolio del periodismo impreso y nos adaptamos al periodismo digital somos una especie de elementos de transición que, como en la política, enlazamos tiempos distintos de una misma historia. Somos semidigitales que seremos sucedidos por los «nativo-digitales», que viven desde la infancia esta tecnología, es decir, el pantallismo. Las condiciones del periodismo digital Que el periodismo digital se impone es un hecho con repercusiones inevitables para el redactor opinante. Por supuesto, las tiene para el informador que ve cambiar la noticia hora a hora y está esclavizado por una actualidad cambiante que debe reflejar en la pantalla si no quiere que su marca editorial quede rezagada ante competidores más ágiles. El que opina, unas veces adelantándose a los acontecimientos y otras comentándolos, dispone de mayor sosiego, pero no tanto como la intemporalidad de los artículos que esperan su turno en los diarios impresos. Esas expansiones y divulgaciones jurídicas, científicas y literarias que degustamos en espacios extensos como las «terceras» de ABC o las tribunas de El País o El Mundo pueden ser reproducidas, mientras se empeñen los directores de los híbridos entre papel y pantalla, pero no son lo adecuado para los lectores en pantalla, donde ni es cómoda la postura ni es apetecible el recorrido visual y la atención prolongada ante un soporte tan práctico como poco confortable. El periodismo digital nos exige abreviar el espacio, prescindir de la erudición y olvidarse de los preciosismos literarios con pretensiones estilísticas. Estas exigencias no empobrecen al escritor sino que le obligan a escribir bien pero de otra manera y, en el caso, cada vez más frecuente, de que el mensaje se acompañe de un recitado oral, a escribir como se habla y no a hablar como se escribía. Quizás de las formas del periodismo en papel, la que más se aproxima a los artículos digitales es la de los columnistas. Por su brevedad y por su verticalidad la columna encaja mejor físicamente en la pantalla pero, también mentalmente, está más próximo a los contenidos informativos que le acompañan y más lejos de esa tentación al ensayismo que está destinado a replegarse a su espacio natural que es el libro, el bastión inexpugnable de la ciencia y la literatura que nunca preferirá los parpadeos lumínicos de las videotecas a la sombra eterna de las bibliotecas. El periodismo impreso se refugiará cada vez más en las revistas y en los suplementos semanales y es inútil que los diarios agranden las ilustraciones y reduzcan textos porque la cuestión no es ofrecer menos «mancha» sino llegar antes, lo que es imposible. La capacidad crítica de los medios en las sociedades libres tiene que salvarse por encima de todo, tanto en los soportes electrónicos como en los papeles y esto nos obligará a escribir en cada medio teniendo en cuenta sus características técnicas. La invitación de mi querido amigo Fernando Jáuregui me hizo el favor de adaptarme a un medio de hoy que se llama Diariocritico, con lo que está dicho lo que se pretende: no hacer un periodismo digital superficial sino reflexivo sin perder de vista las condiciones del soporte. Debí aproximarme a lo pretendido cuando Jáuregui me manifestó su interés por que mis comentarios de Diariocritico se editasen en el más clásico y conservador de los soportes, el libro, quizá para que pudiesen acogerse a la intemporalidad de las bibliotecas, los pantallazos nacidos para el efímero destello electrónico. Es de suponer que le habrán gustado. Desde la edición de «La maldita oposición» hasta ahora, en la que aquella oposición pasó a convertirse en Gobierno de España, ha pasado poco tiempo pero muchas cosas. No solo en la política sino, también, en los medios de comunicación sobre los que la electrónica ha provocado un cambio revolucionario. No se trata solo de la prensa digital sino de la proliferación de las redes sociales y la expansión de internet por medios cada vez más asequibles y manejables de tal forma que la clásica televisión de pesadas cámaras y enlaces y luminotecnia exigentes de generación eléctrica dan paso a captadores autónomos de imagen portátiles a dimensión planetaria sin necesidad de apoyarse en las infraestructuras de los grandes canales establecidos. El problema empieza a ser la capacidad de seleccionar lo que interesa entre una disponibilidad de señales casi infinita. Todo ello repercutirá también en el mundo del libro, a su vez convertido en «carne de pantalla», portátil, archivable y legible a través de instrumentos que parecían capaces de desplazar a los volúmenes impresos más difíciles de manejar y que ocupan espacios incompatibles con las mínimas medidas de las también reducidas familias nucleares y los alojamientos de individuos solitarios acomodados en habitáculos inestables. Pero sucedió como antes con otros medios. La radio no acabó con la prensa escrita sino que potenció el deseo de informarse con más profundidad y sosiego y arrastró nuevos lectores al papel. Igualmente la información audiovisual no sustituyo a la radio sino que las cadenas de radio se potenciaron como nunca por los nuevos hábitos de una sociedad de la información más densa en la que hay que seguir la actualidad mientras la vista está ocupada en otras labores tales como la conducción de vehículos o las tareas domésticas. La divulgación electrónica del libro exige, primero, saber que libros y sobre qué temas tiene cada uno que estar al día. La exhibición de los volúmenes impresos, de sus críticas, de sus portadas y presentaciones son la base de datos desde la que el lector o el estudioso buscan aquello que las bibliotecas tradicionales o los ordenadores electrónicos pueden ofrecerle. La necesidad del libro no nace de la imaginación del lector potencial ni de la búsqueda incesante de catálogos sino de la existencia del libro como tal en su espacio propio, la librería. La realidad es que el mundo de los lectores crece con el libro «apantallado», a la vez que crece el número de libros editados por el procedimiento tradicional. Con ese vértigo nos encontramos quienes habiendo nacido en el mundo de la literatura sobre papel nos encontramos multiplicados en el papel y por la pantalla. Pero no es fácil la vuelta al papel desde la pantalla o es menos fácil que el camino hacia la pantalla desde el papel. En este caso, me siento gratificado por haber conseguido esta especie de reversión hacia el libro de mis artículos gracias a la visión generosa de un editor que los ha recopilado bajo este título de «España como solución» que corresponde a uno de los últimos artículos difundidos digitalmente. La estética de lo impreso En este punto aparece un personaje singular, el editor Basilio Rodríguez Cañada que, desde el mundo de la letra impresa, se interesó por esta reversión al solemne papel del libro con una ilusión capaz de remover mi propio escepticismo sobre las oportunidades de un volumen cuyos lectores potenciales, en principio, son aquellos que ya me han leído o aquellos otros aficionados a dar marcha atrás al motor del tiempo. Lo que Basilio me ha ofrecido es dar descanso a las letras del alfabeto latino ?una de las más simples y bellas expresiones del arte abstracto? sobre su lecho natural para el que fueron concebidas: el papiro, el pergamino o el papel, es decir, el libro. El libro no está siendo perjudicado sino potenciado por la tecnología digital, ya que sus templos, las bibliotecas, depositarias insustituibles de la cultura humana, se han hecho más manejables y sus métodos de catalogación de autores o temáticos se han automatizado de tal manera que su tesoro, los libros, se han hecho más asequibles que nunca. Los instrumentos digitales útiles para el manejo de los libros son más caros, más efímeros y de más costosa conservación que los libros conservados para la eternidad a través de los siglos. La era digital permite utilizarlos, seleccionarlos y sintetizarlos con una facilidad sin precedentes. Las bibliotecas digitalizadas son mejores pero no se si los periódicos digitalizados son mejores periódicos que sus antecesores. Pero, además, por muy inmersos que estemos en el periodismo digital, sabemos que existe una estética que las pantallas han alterado. Es como la pintura, que está hecha para superponer pigmentos sobre superficies opacas. Cuando vemos un cuadro en una pantalla luminosa, sean las viejas diapositivas, el cine o el ordenador, nos sorprende la viveza de un colorido resplandeciente pero, si amamos al arte pictórico notamos que el cuadro ha perdido su atmósfera, porque no fue pintado para proyectar la luz desde sus espaldas sino para recibirla de frente sobre una superficie sin más fondo que el arte de la entonación del artista. La luz es la de los ojos del pintor. Podemos contemplar Las Meninas frente al lienzo o frente a un espejo y cada vez nos asombra más el aire que Velázquez fue capaz de alojar en sus penumbras. Pero si vemos el cuadro en una transparencia el efecto se ha desvanecido. Pues bien, creo que a un texto impreso le sucede lo mismo. Se hace más estético y se asimila mejor sobre su lecho blanco, más o menos tostado o grisáceo, con toda su dimensión visible de un vistazo. A esta aventura se ha atrevido el editor Basilio Rodríguez Cañada: convertir mis pantallazos en páginas. No se si estos pantallazos merecen tal esfuerzo pero, en verdad, estoy muy agradecido tanto a Fernando Jáuregui, por proyectarme al pantallismo, como a Basilio Rodríguez Cañada por rebotarme al papel


 

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